miércoles, 30 de enero de 2008

CRÓNICA: LOS NADIES, INVISIBLES DEL SISTEMA JUDICIAL

¿Permitiría que su hijo pase una noche en la cárcel?

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Cicerón decía que “los ojos son los espejos del alma”. Cristian de once años, detrás de las rejas, en la cárcel, nervioso, confundido, casi en otro mundo como tratando de evadir la realidad de las cuatro paredes que lo rodean, en un espacio reducido a cuatro metros cuadrados, sin la luz natural de los rayos del sol posando sobre su rostro, sin una luz de esperanza. Sobre él, desde el exterior, la desconsolada miraba de su abuela observaba su entristecida mirada.

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A Cristian nunca le celebraron un cumpleaños, simplemente nunca había plata. Su armario era un rompecabezas montado pieza a pieza de la caridad de la gente, jamás respiró el olor a nuevo de la tela. Terminó la escuela pero no asiste al colegio, vive con su abuela – una anciana de 74 años, de blancos cabellos – quien lo crió como su propio hijo después de ser abandonado cuando apenas tenía dos meses de nacido.
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María, la abuela, salía muy en la mañana y regresaba hacia las tres de la tarde. Se dedica a limpiar, con sus envejecidas manos, las aulas de la escuela del recinto La Aurora en el Km4 de la Vía Quevedo. Su recompensa, un dólar con cincuenta centavos diarios, no es mayor, pero eso le permite vivir.
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Aquel domingo 4 de noviembre, hacia las 17:h00, María terminó de lavar los platos, secó sus manos en su ropa, arregló su casita, su pequeña morada de cinco metros cuadrados que había sido construida gracias a las gestiones de la parroquia y de los vecinos de la 15 de septiembre, barrio donde estaba ubicada su vivienda. Aunque no tiene servicio higiénico ni luz, su rostro brilla en la oscuridad con la sola idea de saber que tiene un hogar.
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Ese día, Cristian estaba en el dormitorio, el cual comparte con su abuela ya que sólo tienen un colchón, yacía acostado, se molestó mucho debido a que María, tras hacer los oficios, lo apresuraba, debían ir a la casa de la vecina Laura para cuidar de sus hijos Pedro y Thalia. Un viaje no planificado a Loja se había suscitado.
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Cristian y María caminaron dos cuadras, por las empolvadas calles llenas de piedras, hacia la casa de la vecina. Al llegar a Cristian no le sorprendió la mirada de rechazo que Pedro y Talía lanzaban sobre él. Estaba acostumbrado a que todos en el barrio lo miraran de tal modo de sus ojos penetraran sobre él como acosándolo.
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Los hijos de la vecina lo ignoraron, luego lo fastidiaron tanto, diciéndole ¡tonto, meco, vago, bobo, lárgate! Cristian se irritó a tal punto que descargó su enojo con su abuela. De pronto, se inició la discusión, molesto por tener que permanecer donde era rechazado se originó su berrinche provocado por el acoso de los chiquillos. Se oían gritos, Cristian lanzaba lodo y agua a María.
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Los vecinos empezaron a llegar. Antonio morador del barrio, un hombre que acostumbraba ser violento en su familia, le propició una fuerte patada en las costillas del niño. Una de las vecinas le quitó el pedazo de madera con el que pretendía pegar a Cristian. María reaccionó desesperada y agarró a su nieto sin entender con que derecho era golpeado.
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A Cristian se le ahogaron las palabras, estaba como bloqueado por el dolor. Los vecinos alarmados llamaron a la policía. Los hombres uniformados no tardaron, eran las 18:15 minutos. Los vecinos agitados gritaban acusando al niño de intento de asesinato, decían que había tratado de ahorcar a su abuela.
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La policía tras escuchar a sus “testigos”, separaron injustamente al niño de su abuela. María angustiada gritaba, lloraba y trataba de mostrar sus brazos, su cuello, le pedía a la policía que mirara que no tenía ninguna señal en su cuerpo, exclamaba ¡no me hizo nada! pero nadie la escuchaba.
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No pasaron más de 15 minutos y era subido en una moto para ser llevado al CEDEPE (Centro de detención provisional). Cristian Se sentía asediado por todos, una de las vecinas, Doña Bella, aplaudía cuando se lo llevaban, gritaba ¡Bien hecho!
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Para Cristian todo fue tan impactante que no dijo nada, sus lágrimas salían desde lo profundo de su ser, jamás pensó ni supo que sus derechos le habían sido violados. Pero su drama no llegó al final. La cárcel sería su hogar durante una interminable semana. A los dos días de estar en el CEDEPE, el Lic. Ovidio Cordero, abogado de la Pastoral Social, fue en la ayuda de Cristian avisado por el párroco de la parroquia Espíritu Santo, el Padre Pablo Fikn.
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Los trámites para sacar al niño se alargaban, los días pasaban y Cristian seguía tras las rejas debido a las absurdas gestiones. El Lic. Cordero se mostraba indignado. Nunca dejó de preguntarse lo mismo cada vez que salía del CEDEPE, ¿La justicia en el Ecuador protege a los niños? Una gran interrogante.

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NOTA: El 95% de la historia es la pura realidad. Algunos nombres en la crónica no son reales. Algunos pequeños detalles han sido aumentados para darle continuidad a la historia.